
Columna de Opinión
Bogotá, 10 de junio de 2026
Hay momentos en la vida política de un país en los que las elecciones dejan de ser una competencia entre nombres y se convierten en una conversación sobre principios. Colombia está viviendo uno de esos momentos.
Lo digo después de más de 16 años de militancia política, pero también después de haber recorrido calles polvorientas, corregimientos olvidados, salones comunales, plazas de mercado y barrios donde la política no se discute en términos ideológicos sino en preguntas mucho más simples y urgentes: ¿cómo conseguir empleo?, ¿cómo garantizar la educación de los hijos?, ¿cómo acceder a oportunidades?, ¿quién escucha a las comunidades cuando terminan las campañas y se apagan los micrófonos?
Soy Viviana Miranda, orgullosamente cartagenera, madre, publicista de profesión y maestranda en formación; en el ámbito partidista soy directiva y secretaria departamental del Partido Alianza Verde en Bolívar.
Mi historia política comenzó junto a Sergio Fajardo en 2008 y continuó en el Partido Verde durante aquella inolvidable Ola Verde de 2010 que logró algo extraordinario: despertar esperanza en millones de colombianos que estaban cansados de la política tradicional y que encontraron en la ética pública una razón para volver a creer.
Muchos de nosotros encontramos en Antanas Mockus una inspiración profunda. No porque prometiera soluciones milagrosas, sino porque nos enseñó que la política podía construirse desde la coherencia, la pedagogía y el ejemplo.
Esa generación aprendió que las convicciones valen más que las conveniencias, que las ideas importan y que la ciudadanía debe estar siempre por encima de los intereses particulares.
Desde entonces he dedicado buena parte de mi vida al servicio y a la participación política. Fui candidata a la Cámara de Representantes por Bolívar en 2018 y candidata al Concejo de Cartagena en 2019.
Pero, más allá de los resultados electorales, esas experiencias me permitieron recorrer el territorio, escuchar a miles de personas y comprender que las discusiones políticas solo tienen sentido cuando logran conectarse con la vida real de la gente.
Porque una cosa es hablar de desigualdad desde un escritorio y otra muy distinta es mirar a los ojos a una madre que no encuentra oportunidades para sus hijos.
Y una cosa es debatir sobre políticas públicas en auditorios y otra es caminar por comunidades donde el Estado sigue llegando tarde o, simplemente, no llega.
Fue precisamente esa experiencia la que me llevó en 2022 a apoyar la candidatura presidencial de Gustavo Petro y Francia Márquez.
Lo hice por convicción. Lo hice porque consideré que Colombia necesitaba avanzar hacia transformaciones sociales que durante décadas habían sido postergadas y porque vi en ese proyecto una apuesta decidida por la inclusión, la equidad y la participación de sectores históricamente excluidos, especialmente de las mujeres.
Y esa misma lógica de convicción es la que me llevó a respaldar la candidatura de Iván Cepeda y Aida Quilcué desde la primera vuelta presidencial.
No fue una decisión tomada por disciplina partidista. No fue por una instrucción de ninguna dirección política. No fue una apuesta estratégica dependiendo de quien pasara a segunda vuelta. Mi decisión estaba tomada desde el comienzo porque encontré en esa candidatura una visión de país coherente con los desafíos que enfrenta Colombia y con las causas que he defendido durante años.
Por eso observo con atención el debate que hoy existe entre quienes se identifican con posiciones de Centro.
Muchos sienten que ninguna de las opciones que llegaron a la segunda vuelta los representa plenamente. Es una sensación comprensible. Sin embargo, la democracia nunca ha consistido en elegir candidatos perfectos. La democracia consiste en tomar decisiones responsables frente a las alternativas reales que tiene una sociedad en un momento determinado.
Más de un millón de colombianos respaldaron una opción de Centro en la primera vuelta presidencial. Ese resultado dejó un mensaje poderoso. Existe una ciudadanía que rechaza los fanatismos, que no se siente cómoda con los discursos de odio, que valora las instituciones democráticas y que entiende que los problemas complejos requieren soluciones inteligentes y no consignas vacías.
Pero ese mismo resultado también dejó una pregunta inevitable: ¿qué hacer ahora? El Centro no puede convertirse en un refugio para la neutralidad. Quienes durante años han defendido la educación pública, la transparencia, la lucha contra la desigualdad, la participación ciudadana, la construcción de paz y el fortalecimiento institucional tienen la responsabilidad de analizar cuál de las opciones que siguen en competencia se acerca más a esos principios.
Y, en mi caso, cuando hago ese ejercicio, la conclusión a la que llego es evidente: apoyo a Iván Cepeda y a Aida Quilcué porque veo coherencia entre las causas que he defendido y el proyecto político que ellos representan.
Los apoyo porque creo que Colombia necesita avanzar hacia una sociedad más justa sin renunciar a la democracia ni a las instituciones. Los apoyo porque considero que los desafíos del país requieren más diálogo que confrontación, más puentes que trincheras y más inclusión que exclusión. Los apoyo porque estoy convencida de que millones de colombianos siguen esperando transformaciones que no pueden seguir aplazándose. Y los apoyo porque creo que la política debe servir para ampliar oportunidades y no para administrarlas únicamente en beneficio de unos pocos.
A quienes votaron por una candidatura de Centro en la primera vuelta les hago una invitación respetuosa. No les pido que renuncien a sus principios; les propongo exactamente lo contrario: que los defiendan.
Que analicen las alternativas que hoy tiene el país y que decidan pensando en los valores que los llevaron a participar en política, no en los miedos que otros intentan sembrar.
Mi trayectoria política me ha enseñado que las convicciones auténticas no consisten en permanecer inmóviles. Consisten en tener la capacidad de analizar cada momento histórico y tomar decisiones coherentes con los principios que uno defiende.
Eso fue lo que hice en 2022. Eso fue lo que hice cuando decidí respaldar a Iván Cepeda y Aida Quilcué desde la primera vuelta. Y eso es lo que sigo haciendo hoy.
Por eso, insisto, mi apoyo no nace de una instrucción. No nace de una obligación. No nace de una conveniencia electoral. Nace de una convicción profunda sobre el país que quiero ayudar a construir.
Por esa razón, y después de años escuchando a la ciudadanía, recorriendo comunidades y participando activamente en la vida pública, estoy convencida de que la mejor decisión para Colombia es jugármela por la vida.

